El centro de la Capital de la República del Ecuador se vistió de fiesta el 10 de abril del 2009. Y no era para menos, pues la Procesión de Jesús del Gran Poder estaba por iniciar. Cientos de personas caminaban por las calles del Centro Histórico; casi todas con el mismo destino: la Plaza de San Francisco. Los vendedores ambulantes no perdieron oportunidad; aguas, gorras, rosarios, posters y muchos otros elementos se anunciaban al son de “venga cómpreme…”.
En momentos previos al inicio de la procesión, la ansiedad se reflejaba en el rostro de algunos; la felicidad y dulzura en el de otros.
En las gradas del lado izquierdo de la Iglesia de San Francisco, con una falda gris, saco verde y una larga trenza de pelo cano, estaba Doña Blanquita Aguilar. Su mano, arrugada ya por el tiempo, se sostenía de la grada posterior para inclinarse un poco y comprobar si la Procesión ya había iniciado. En repetidas veces regresaba a su posición inicial y decía: “Nada que sale Jesusito”. Este día se levantó con el corazón lleno de emoción, luego de arreglar el pequeño cuarto en el que habita (en la calle Cotopaxi) se dirigió a la Iglesia de San Francisco para rezar y pedirle a Dios que le dé fuerzas para poder acompañar a su “Papito Jesús” –como cariñosamente lo llama-.
A sus 74 años, podrá presenciar por vez número 54 la Procesión de Jesús del Gran Poder. Hoy; esta mujer de mirada dulce, con surcos en su rostro y sonrisa amable, ya está acostumbrada a la Capital. Hace 50 años que salió de Guaranda (su ciudad natal), huyendo de sus padres y quien ella pensaba que era el amor de su vida. Tiempo después, Blanquita fue abandonada por su enamorado y se vio obligada a hacer su vida sola. Su voz se quiebra un poco al contar todo lo que pasó (duros trabajos como cocinera, lavandera, etc), y es que los días se le escapaban de las manos y el tiempo no pasó en vano. A los 72 años Doña Blanquita mendigaba en las calles del Centro Histórico.
El gesto de su rostro parece tranquilizarse cuando cuenta que un día, al pasar por la plaza de San Francisco, una amable monjita le ofreció darle unos caramelitos y la merienda. Desde ese momento su vida tomó una perspectiva distinta: ya tenía un lugar en donde comer. “La fanesca del día de ayer estuvo riquísima” –dice. Y se muerde sutilmente los labios como si el sabor de aquel exquisito plato se hubiera quedado en ellos.
Dios está dispuesto a ayudar a quien lo requiera y en cualquier momento, su bondad es infinita. Blanquita nos cuenta que el Señor siempre la ha ayudado y le ha hecho favores. Riendo comenta: “Míreme, estoy aquí sanita, lista para acompañar a mi Jesusito”.
Su alegría no tarda en mostrarse cuando relata cómo ve la Procesión de Jesús del Gran Poder. Para ella, es una de las cosas más hermosas que una persona puede presenciar. Doña Blanquita pide solamente tres favores a Dios: salud, comida y que no haya maldad en el mundo.
A las 11:57 se da inicio a la Procesión, los cucuruchos ya habían salido y al son de una canción un tanto triste entonada por las trompetas la gente parece ponerse aún más atenta. Blanquita se levanta rápidamente y trata de mirar entre la gente que rodea la calle. La multitud es impresionante. Se despide cariñosamente y empieza a caminar a un paso lento siguiendo al inmenso grupo de personas que rodea al Señor del Gran Poder. Su andar parece dejar una huella permanente, su mirada es capaz de quedarse en quien la conoce. La fe de esta anciana transmite una energía extraña y fascinante.
El paso de la procesión deja atónitos a los espectadores. Parece que, en medio del silencio que los rodea, Dios derrama poco a poco sus bendiciones. Uno de los periódicos de la ciudad anunciaba en primera plana: “La fe en las calles”. Y es que, en este día, los corazones y la fe de los ecuatorianos se unieron en un solo grito y en una sola fuerza. Doña Blanquita es una prueba de que la fe en Dios todo lo puede y que, pese a su edad, jamás estará cansada para alabar y agradecer a su “Papito Jesús”.
martes, 21 de abril de 2009
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